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Mitos del psicoanálisis: algunas ideas para desarmar prejuicios

Proceso terapéuticoCarolina Sponchiado · Psicóloga clínica

El psicoanálisis suele estar rodeado de ideas que se repiten sin demasiado cuestionamiento. Algunas vienen de su historia, otras de cómo circula en la cultura. Pero, ¿qué pasa si las miramos más de cerca?

Un primer mito que nos gustaría romper es que “Ser psicoanalista es un trabajo solitario”. Aunque la práctica clínica sea en el encuentro uno a uno, el psicoanálisis no se sostiene en soledad. Muy por el contrario, se apoya en una trama colectiva. Como plantea Lacan, hay pilares fundamentales: la supervisión (compartir y trabajar los casos con otros) y el propio análisis (haber atravesado la experiencia como analizante). El analista no se forma solo: se forma en diálogo, en intercambio y en comunidad.

Otro mito que se nos viene a la cabeza es que “El psicoanálisis etiqueta con diagnósticos rígidos”. A diferencia de otras perspectivas, el psicoanálisis no trabaja con diagnósticos cerrados que definen a una persona. Se orienta por estructuras (neurosis, psicosis, perversión), pero no para encasillar, sino para guiar la escucha. Esas referencias no determinan al sujeto: cada caso es singular y se construye en el proceso.

Un mito que circula es que “Ir a análisis es para hablar del pasado, de mis traumas o de mi familia”. Aunque la historia personal y del pasado tiene su lugar, el análisis no se reduce a eso. No se trata de ir a “contar traumas” ni de quedarse en lo que pasó. El foco está en el presente: en cómo eso insiste hoy. En lo que se repite, en los vínculos, en los síntomas, en ciertas formas de actuar o de decir que vuelven una y otra vez. El círculo familiar es un pilar fundamental en la constitución del sujeto. Por lo que no sorprende que aparezca en el análisis, pero se trata de entender cómo fue esa trama familiar en la que el sujeto creció y entender su historia.

El análisis es un proceso muy largo e interminable” este mito se escucha mucho en el decir de las personas. No hay una duración estándar sino que cada proceso tiene sus tiempos, sus momentos y sus objetivos. No se trata de sostener algo infinito, sino de que tenga sentido para quien consulta. Más que pensar en cantidad de tiempo, el eje está en el recorrido. Hay momentos de mayor intensidad, otros de elaboración, incluso pausas. Un análisis no es una línea recta ni una obligación infinita, sino un espacio que se sostiene mientras tenga sentido para la persona. Pensar el análisis como interminable suele venir de la idea de que uno “nunca se termina de conocer”. Y es cierto: siempre hay algo más por descubrir. Pero eso no implica estar en análisis toda la vida, sino saber que se puede volver si en otro momento algo lo requiere. Más que un camino infinito, el análisis es una experiencia que se abre, se transforma y, cuando cumple su función, también puede cerrarse.

Desarmar estos mitos permite acercarse al psicoanálisis desde un lugar más real: como una práctica que apuesta por la palabra, la singularidad y el trabajo con otros.